Un anarquista en la Roma

–“El melodrama siempre se escribe en primera persona”–, me dijo Ordóñez la primera vez que nos encontramos en el Negresco, esa cantina de mala muerte en la esquina de Balderas y Artículo 123, a una cuadra del antiguo edificio del periódico La Jornada. Casi babeaba sobre la barra de caoba oscura y opaca, mientras patinaba suavemente la muñeca de su mano izquierda, puliendo la madera en un aparente intento por sacarle un brillo inexistente. Hablaba como si adoctrinara a un rebaño de discípulos.

Como periodista deportivo, Ordóñez había recorrido incontables redacciones de diarios y revistas, un par de estaciones de radio e incluso llegó a pisar un estudio de televisión, del cual salió tan rápido como llegó, sin la oportunidad de saltar a la fama que brinda la pantalla chica:

–“Tenía un ángel del tamaño del Maracaná”–, decía de sí mismo, debido a su buena suerte para colarse en los mejores momentos y lograr entrevistas a nivel de cancha con figuras tan grandes como Pelé, a quien logró arrancarle unos mugidos inmediatamente después de ganar el mundial en 70, o al mismo Maradonna 16 años después, aquella tarde en que Dios le prestó la mano para que anotara y sumiera a los ingleses en la vergüenza, reivindicando a toda la Patagonia después de la invasión a las Malvinas.

Ordóñez había conseguido más entrevistas a nivel de cancha que ningún otro reportero “antes de cumplir los 20 años”, hazaña que le valió el reconocimiento del gremio, y cortesías para beber sin restricciones en infinidad de bares y cantinas de la capital, incluidos los hoteles donde se hospedaban los equipos. De ahí su alcoholismo galopante y precoz, que lo llevó a la tumba apenas cumplidos los 49. Nuestras entrevistas tuvieron lugar en su último año de vida, a un par de meses que lo alcanzara la muerte. Ordóñez me citó en el Negresco porque quería contarme “una historia fantástica, de ésas que te pueden hacer el periodista más famoso del país de un plumazo”. Aprovechó nuestra primera cita para tomarse catorce cubas de Añejo, a mi cuenta por supuesto, y habló sobre todo de él:

“No me interrumpas o no te cuento ni madres de lo otro”–, me decía cada media hora, cuando veía que yo estaba a punto de dejarlo hablando solo.

“Todo a su tiempo, a-su-tiem-po…– repetía despacio, como si sometiera a juicio cada sílaba– te voy a contar la verdadera historia del hijo del rey, uno de los mejores arqueros que hemos tenido, una historia chingonsísima pero inverosímilpero a-su-tiem-po, primero tengo que tomarme otra cuba”–, y así nos fuimos 3 horas más, hasta que no pudo hablar y se quedó dormido sobre la mesa.

–“No te apures mano” –me dijo don Antonio, dueño del Negresco –“déjalo ahí, dejas que se jetee, al rato se despierta solito y se va sin molestar a nadie, así es el Gordo Ordóñez”.

El “gor-dor-dóñez”, así le decían jugando con la melodía, como si las sílabas se mecieran a un ritmo de cha-cha-chá pero a media voz. Ya me habían advertido algunos colegas que Ordóñez solía contar una y otra vez una historia inverosímil sobre un hijo bastardo del Káiser Guillermo II, que había escapado de Alemania acusado de un homicidio, y había arribado, después de una travesía igual de inverosímil, en Tampico, y de ahí en la capital, allá por 1916, mismo año en que comenzó a jugar con el recién fundado equipo Sinaloa (que un año después cambiaría por Lusitana y casi inmediatamente por el de U-53, antes de tomar el último y definitivo Atlante):

En aquel año de 1916 –repetía Ordóñez de acuerdo a una investigación que había terminado por abandonar–, el equipo fue bautizado como Sinaloa, nombre de la calle donde se juntaban estos jóvenes, en el mismo sitio donde hoy yace una placa que inmortaliza el origen del conjunto azulgrana en la calle Sinaloa de la colonia Roma sur. Un año después decidieron cambiarle el nombre a Lusitana, que era el nombre de un barco de combate hundido por los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Ese nombre duró muy poco y posteriormente lo llamaron U-53, nombre del submarino que trasportó el pliego de rendición de los ejércitos del Káiser alemán (que marcó el final de la guerra). Fue hasta 1920 cuando Refugio Martínez, a quien apodaban “El Vaquero”, decidió ponerle al equipo Atlante, inspirado por la grandiosidad y magnitud del Océano Atlántico y también, se dice, inspirado por el mito de la Atlántida… Nuestro personaje habría escogido este equipo por lo del nombre del buque, aparentemente en represalia contra el Káiser…

Decia Ordóñez que tenía pruebas, pero se las reservaba porque lo habían amenazado de muerte en más de una ocasión:

“Si suelto esa prueba –insistía– me matan en menos de una horaTengo que encontrar quién quiera publicarla y transimitirla en medios masivos al mismo tiempo, para que el escándalo sea tan grande que se olviden de mí y se concentren en tapar esa bomba… Imagínate, un hijo del Káiser que llegó a México, se instaló en la Roma, un paria, un bastardo que vivía en la miseria y se integró a los desarrapados del Atlante cuando surgió el equipo del pueblo, para conquistar años después todos los títulos, en una historia que ni Los hijos de Don Venancio podrían superar… una historia que se cruza con otra, la de un novelista, y con la hermana de un presidente de la República, un merengue de película”…

–¿Y qué tiene de peligrosa esa historia? –le pregunté en nuestra tercera cita…

¿Eres pendejo o nomás te haces…? –me vio con los ojos bailarines, mientras bajaba de un golpe la sexta cuba en los primeros 20 minutos de nuestro encuentro– …La familia de ese alemán o austriaco o lo que quieras, aún existe, hay parientes suyos tanto en México como en Alemania… perientes que pertenecen a la realeza de allá y a las élites políticas de acá… además tuvo un hijo con una hermana de López Mateos… ¿te imaginas si se hace público? Se arma un desmadre gigantesco

Nos vimos en 3 ocasiones nada más. Debe haberse tomado como 100 cubas en otro récord por el que también podría ser recordado. En la última entrevista lo ví muy descompuesto, apenas podía hablar, pero alcanzó a mostrarme “una prueba irrefutable”, una Luger Parabellum calibre 9 mm. que, me dijo, perteneció a Marut, a Soren Marut, como finalmente me dijo que se llamaba este personaje.

El nombre patinó por mi mente algunos segundos y se hizo una luz repentina, cuando pude atar algunos cabos e imaginar a gran velocidad un escenario fantástico. Ret Marut fue uno de los homónimos que utilizó el legendario B. Traven durante sus años de esplendor en México. En una investigación que yo había hecho sobre Traven, nunca logré desentrañar si era o no Ret Marut, Torsvan Traven o Hal Croves, algunos de los varios seudónimos y homónimos que construyó el alemán durante los años en que se le persiguió frenéticamente para descubrir la verdad sobre su identidad, y entre tantas pesquisas se manejó en alguna ocasión que era un hijo bastardo del Káiser, y que había tenido que huir de Alemania a prinicipios de 1920 perseguido por sus ideas anarquistas, hasta que desembarcó en México –en el puerto de Tampico– en 1924. Las historias, ambas imposibles de verificar, se cruzaban por algún momento y los apellidos coincidían, sólo que Soren, el otro supuesto hijo bastardo del Káiser, que habría jugado de arquero en el Atlante y del que no hay registros, habría llegado algo así como 8 años antes. Se lo dije a Ordóñez, que levantaba la enésima cuba de la tarde:

Es genial Ordóñez, es genial, si pudiéramos comprobar que eran hermanos, pero la diferencia de fechas no permite amarrar la historia– comenté mientras pedía mi primer tequila, decidido a comenzar a festejar ante la sola posibilidad de una historia similar…

Tengo la carta que le mandó Soren a Traven– soltó Ordóñez mientras yo le daba un golpe de Hidalgo al caballito y comenzaba a ahogarme después de lo que había escuchado.

¿Qué, no mames, cuál carta… una carta de Soren a Traven… qué dice… dónde está?– yo me atragantaba con las palabras y con el tequila, tosía y trataba de agarrar el aire que se me escapaba…

Tengo la carta en que lo llama ‘hermano’, y le agradece por haberle obsequiado la Luger, esta Luger, y finalmente le comenta que en México pueden esconderse, que él está de incógnito en la colonia Roma y lo único que lo mantiene cuerdo es el futbol

Yo miraba a Ordóñez con los ojos abiertos al límite, al borde de un ataque de nervios. Si esa carta existía y era posible verificar su autenticidad, sería una historia sensacional, una verdadera bomba… si bien tendría sus bemoles, porque podría involucrar cuestiones como derechos de autor o juicios sucesorios, sin contar con problemas políticos, de acuerdo a lo que contaba Ordóñez sobre la hermana de López Mateos, Esperanza, quien había sido la traductora de Traven; y si efectivamente había tenido un hijo de Soren la cosa podía reventar por cualquier parte, todo esto amén de que la obra de Traven es numerosísima y sus traducciones y películas han dejado mucho dinero a su paso por una decena de países.

–¿Dónde está la carta?– le pregunté a Ordóñez, tratando de serenarme…

–No te voy a decir, porque si te la doy te van a matar.

No mames, nadie me va a matar ni a ti tampoco, dime dónde está, vamos por ella, ¿cuánto quieres?, puedo conseguir una lana, tú dime y está hecho.

–¿De verdad te interesa publicar la historia? –alcanzó a preguntarme con la voz quebrada de tanto alcohol.

Por supuesto, lo que no entiendo es por qué no la escribiste tú, por qué no la has publicado? ¿Por qué no…? –pero me interrumpió de golpe…

Simple, pero nada sencillo, porque conozco al hijo de Soren y Esperanza– dijo mientras me veía sonriente, parecía disfrutar cómo me iba descomponiendo… –Y no vas a creerme quién es, ni aunque te lo jure

Lo que pasó después fue más repentino y sorpresivo que todo lo que me había contado antes. Le dio un ataque de asma, comenzó a ahogarse, se cayó del banco arrastrando tres vasos vacíos y un cuba recién puesta a su alcance, y aterrizó en el suelo del Negresco mientras don Antonio corría hasta nosotros. Yo me incliné lo más rápido que pude pero no logré evitar el golpe contra el piso. Se desmayó… don Antonio pidió una ambulancia que llegó en cuestión de minutos… yo casi me desmayo también mientras pensaba cómo se me escapaba la historia junto con la vida de Ordóñez… el gordo despertó apenas antes de que se lo llevaran y alcanzó a darme la Luger:

–“Cuídala con tu vida cabrón” –alcanzó a decir antes de desvanecerse…

¡La carta, gordo!– le susurré al oído… –¡¿dónde chingados está la carta?! – pero no hubo más respuesta… No volvió a despertar esa tarde, ni la siguiente, ni la siguiente… de hecho no volvió a despertar hasta que veinte días después falleció de un paro cardiorespiratorio, debido a una falla general del sistema.

Su familia fue por el cuerpo y no hubo forma de saber si la historia era cierta o no, no hubo modo de descifrar el nombre del hijo de Soren Marut, ni su posible ubicación…  Lo único que conservo es la Luger Parabellum. La llevé a limpiar a una calle del centro y el viejo que me atendió confirmó sorprendido que el arma era, efectivamente, de 1908, de la primera generación que se usó de ese calibre en Alemania, antes de la Primera Guerra. A saber…

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Este texto forma parte del libro Tiempo de compensación : Para leer en la banca, Mantarraya Ediciones & Ediciones del Equilibrista, 2013

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