“No cantéis la rosa, oh, poetas… haSedla florecer en el Jaguar”

Buenas noches. Gracias, Tony, por la invitación, siempre es un placer, un honor y un reto, acompañarte a alguna nueva iniciativa, sin repetirnos, sin hacer agua, en lugar de vino, como tú te mereces.

Me mueve personalmente tu “Carta de Epicúreos contra necios”, cuando arremetes contra la renuncia y la nata mental, y llamas a la rebelión contra quienes se han atascado “en el hoyo del destiempo”. No puedo dejar de repetirme en voz alta tus palabras de profeta: “Filosofa junto a los pares que galopan hacia el meollo de las cosas”. Es como si hubieras comprimido en un haikú a todo Cervantes y Pessoa.

En esas pocas palabras se encierra el secreto de quién es Antonio María Calera-Grobet, como se guarda en una simple y única gota de agua toda la potencia del río que corre abriendo su camino hasta llegar a la vastedad del océano, como soñaba Cardoza y Aragón en las líneas de su mano.

Escritores que escriben sobre lo que otros escritores escriben, es siempre un reto mayor que puede rallar en la auto complacencia, el auto elogio, el onanismo, sobre todo si –como es mi caso–, conoces al autor hace más de 25 años, y lo has visto reír y llorar, gritar y cantar, y sobre todo pensar, analizar, reflexionar, repasar y diseccionar la realidad que lo rodea y lo traspasa, para luego dejarse ir en una especie de cruzada a muerte contra la muerte, un combate sin tregua por la vida que encierra cada ejercicio de creación. Porque, me parece, ésa es la definición de Calera, la de un creador en toda la extensión del término, alguien que da vida a algo que toma forma con el paso de los minutos, alguien que permanentemente está construyendo, gestando, alumbrando.

Esto podría significar algunas desventajas –me he dicho un par de veces a mí mismo, pensando en Calera–, quizá un desbordamiento permanente que le impide ver la belleza del detalle, la inmensidad de la minucia, el arrobamiento ante el límite o el poder del instante, la contención como virtud. Pero basta leer cualquiera de sus líneas, en cualquiera de sus libros, textos, catálogos, blogs, artículos, para que esta idea se desvanezca, por no decir se quiebre en pedazos. Prueba de ello, es esta línea que mencioné al inicio: “Filosofa junto a los pares que galopan hacia el meollo de las cosas”.

Hace unos días, después de asistir a la exposición de Toledo en el Museo de Culturas Populares, tuve una especie de epifanía, y pude ver, con nitidez, a un artista total desde todos los ángulos, no alguien que se levanta y va a su taller y se pone a trabajar, y luego vuelve a sus tareas cotidianas, sino alguien que crea desde que nace hasta que muere, y en esa línea de ideas, alguien que crea desde antes de nacer y mucho después de morir.

No es sólo por la vastedad de la obra, su riqueza y todo lo que podamos pensar de esa obra y de su creador o creadora, sino sobre todo por su ímpetu, su impulso, su intención impecable, en pocas palabras, su voluntad incontenible. A esta estirpe pertenece Antonio.

No tengo que convencer a nadie. Si bien él conoce a casi todo el mundo conocido, es más preciso decir que casi todos, conocidos o no, lo conocemos a él, y saben que no miento cuando digo que Antonio es como una máquina que no reconoce la obsolescencia programada, más bien al contrario, como en Cronos, es una máquina que se auto regenera todos los días, con sus altibajos, tal vez, pero imparable a final de cuentas.

No me canso de decir que Toño Calera escribe como cocina, con todos los ingredientes en la mano, pero con total libertad de acción. Es decir, el cocinero tiene detrás de sí toda la historia y la técnica y la tradición a cuestas, y le sirve tanto como le sirve todo su entrenamiento previo a quien entra en combate. Poco o casi nada, según se manifieste el presente con toda su incertidumbre y sorpresa. El cocinero, entonces, toma decisiones sobre la marcha, y cabalga cuando lo tiene que hacer, o flota sobre el río sin oponer resistencia, cuando así se lo demanda la cazuela, la sartén o el horno, el pescado o el cerdo, la salsa o la tabla de quesos.

Así Calera en este Sed Jaguar, hay textos donde la claridad es el objetivo, y otros donde se busca un golpe al cálculo mental o al seguimiento lingüístico. Como su cocina, o su critica de arte, o su conversación, su escritura es cultura porque produce conocimiento, para quien quiera compartirlo. La semántica y la semiótica, la gramática y la retórica en una misma cocina, a la mano del cocinero que filosofa, frente a otro cocinero invitado, en este caso en particular, a Demián Flores, con quien dialoga en cada texto, platillo, puesta en escena que componen este Sed Jaguar. Las ilustraciones de Demián no pueden ser más certeras en este cuerpo a cuerpo sin límite de tiempo, en donde ya no está tan claro quién provoca a quién, en busca de nuevas lecturas.

De Sed Jaguar, a quienes ya lo tienen y lo han leído, les recomiendo que lo relean abriéndolo en cualquiera de sus puertas o ventanas, según se le quiera ver. El ejercicio es casi aeróbico. Cambian los aires y las palabras, los ritmos y las pausas. El silencio es también un actor protagónico, cuando encuentras algunas páginas en blanco, que bien podrían ser una invitación a intervenir como actores secundarios, con algún trazo, una frase, una idea en potencia.

Para otra actividad a la que me invitaron para decir algunas palabras en un homenaje a Toño, hace ya un par de años, en la sede anterior del Bardini, en donde hoy está el Tenxócotl, tuve oportunidad de cantarle a Tony algunas cosas más personales, más íntimas, pero en público, como se debe declarar el amor a los amigos.

Las rescato porque, me parece, guardan intacto mi sentir hacia su personaje total, como cierre a esta presentación desordenada, plena de reconocimiento, vindicación y cariño:

Antonio María siempre está mirando

Antonio María baila como un planeta sin órbita definida.

Nunca lo he visto bailar tanto como esta noche.

Se agita y revolotea dentro de sus zapatos como un enorme búfalo que aprecia la libertad de correr sin freno por la pradera mental.

 Antonio María nada y se desplaza por los corredores de la amistad como un pez en el agua mineral de la fiesta brava.

 Antonio María brama siete veces cada noche al filo de las 2 de la mañana, y bebe Ron y Vodka Riki y Ginebra como si en ello le fuera la vida, como si la sed fuera un mito construido por el gran capital para alejarnos de las muchachas ebrias.

 Antonio María piensa cada vez más en los aviones de doble hélice, en sus motores encendidos y en su capacidad para mover montañas.

 Como en el toro, los ojos de Antonio María se separan a voluntad para enfocar mejor al sujeto de sus meditaciones, para medir la tensión antes del disparo.

 Antonio María también llora más que los demás, es un don que le viene de la Edad Media, cuando cazaba jabalíes y dragones con las manos amarradas en la espalda.

 Llora a cántaros pero nadie lo nota, su llanto se esconde debajo de la barba para evitar malos tragos a sus amigos y a sus hermanos, que son muchos, sin duda muchos más de los que él cree.

 Antonio María tiene más amigos de los que puede abrazar.

 Antonio María ama con todo su cuerpo de titán embravecido, a sus amigos, a sus amigas, a sus enemigos y a sus héroes.

Antonio María tiene muchos héroes, pero adora también a los villanos.

 Los tiene de todo tipo, de todas las edades y colores y en varios idiomas, y procura tenerlos cerca como a sus enemigos, los quiere al alcance de la mano para partirles el pescuezo y ahogarlos cuando sea necesario.

 Pero Antonio María rara vez ataca.

Es un toro acostumbrado a perdonar, aunque no olvida.

Antonio María nunca olvida. Es peor que Funes.

Recuérdalo bien.

 Antonio María es un niño todos los días del año y como niño que es se ajusta el pantalón y la chaqueta y la ropa interior y la exterior y el sombrero sobre la cabeza que tiene empotrada al cuello, para que todo quede en su santo sitio de simple soledad, porque Antonio María está solo y lo sabe y llora por eso pero también baila y canta y bebe a la salud de la simple soledad que hay en el silencio de su departamento, en el silencio de su calle, en el silencio de la soledad que cubre todos los rincones de su ciudad natal.

 Antonio María sueña con monjas drogadas que trotan a medio vestir por la plaza de la Ciudadela, por esas monjas que todos hemos visto al menos una vez tocándose al mirar a los maniquíes desnudos detrás de las grandes vitrinas de 20 de Noviembre.

 Antonio María es una buena persona, me consta, pero lo detesta, aborrece ser una buena persona, sólo desearía ser un gángster para acabar con todos de una buena vez y empezar de cero.

 Antonio María también sueña con mujeres desnudas que corren todas las noches por el malecón de La Habana cuando los termómetros marcan los 40 grados. Las mira sacudirse frente a la brisa marina y refrescar un poco esos cuerpos imposibles, esas curvas imposibles, esos muslos imposibles, y sueña, sueña con una Bota habanera, una Bota frente al malecón como el puerto al que arriben esos cuerpos en busca de un poco de diversión y descanso.

 Antonio María es un modelo para armar.

 Antonio María surte distintos efectos sobre las personas, sobre los jóvenes, sobre los libros que toca, sobre las bebidas, sobre la comida, sobre los hombres y sobre las mujeres. Antonio María entra a los mercados y las aguas se abren.

 Antonio María sacude, Antonio María arrebata, arremete, embiste.

Es un Toro Todo Terreno acostumbrado a pasar por encima de cualquier obstáculo.

 Antonio María es un arquitecto pegado a una panza que aprecia como pocos el arte del dibujo y de la pintura y el grabado y la técnica y la táctica y la estrategia.

 Antonio María no tiene límites ni limitaciones ni limitantes, no reconoce fronteras en los hechos ni en las artes ni en los hombres ni en la geografía. Su Mosaico genético cambia cada 15 minutos.

 Antonio María sufre por todos lados y lame sus heridas de espaldas al mundo.

 Antonio María es un ojete con los ojetes, y un príncipe con sus amigos.

 Antonio María escucha, acepta, observa, aguarda, contiene… pero esa espera es solo la forma que toma la ola que es Antonio María antes de lanzarse hacia adelante como el toro que es, para decir, hacer, construir, organizar, empujar, enlazar, producir, coordinar, promover, aplaudir, abrazar.

 Antonio María no está aquí para resistir, sino para insistir.

 Antonio María no vino al mundo para mejorarlo, ni para que rías un poco más, ni para brindar a la salud de los enfermos ni para decir “buenos días”, “qué tal”, “con permiso”.

 Antonio María nunca viene.

Antonio María siempre va.

 Antonio María es un rompecabezas con un martillo en la mano.

 Antonio María es un árbol que crece veinte metros cada noche.

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